jueves, 12 de diciembre de 2013

Visiones

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La rosa incómoda, ÁNGELA FIGUERA


(Belleza Cruel, 1958)

A esto nada menos hemos llegado, amigos,
a que una fresca rosa nos lastime la mano.

La tengo. Es inaudito. Es realmente una rosa.
Tan bella y delicada.
Oh, demasiado bella y delicada
para llevarla en triunfo por la calle,
para ponerla al lado de un periódico
para alternar con tanto futbolista
o viajar en las sucias apreturas del metro.

¿No veis? Es tan absurdo. Es casi un compromiso.
No sé qué hacer con ella.
Me nació. Y es tan mía que no puedo dejarla
marchitarse en la sombra de mi alcoba sin lluvia
ni meterla en asfalto
ni atarla en la veleta de cualquier rascacielos
ni echarla por la boca de alguna alcantarilla.

Y no puedo tampoco, tan viva y tan brillante,
prendérmela en el pecho,
igual que si llevara
mi corazón desnudo a los ojos extraños.
No sería decente.
Y menos colocarla en mis cabellos.
(Son ya grises, amigos). Bastante me he arriesgado
publicando mis años sin quitar una fecha
y mis largos poemas con la sangre en los bordes.

Lo confieso: me encanta contemplarla a hurtadillas,
tan tierna e inocente como antes de la culpa.
Como antes de esta paz y aquella guerra,
como antes de tan lindos sonetos a la rosa.
Tan clara y evidente como en los días santos
cuando las rosas iban con el hombre
sintiéndose seguras,
y el laurel y el olivo prosperaban en casa,
y era cosa admitida
que las aves bajaban a cantar sobre el hombro
de cualquier transeúnte.
Sí, me gusta mirarla. pero siento vergüenza.
Pero temo encontrarme con cualquier conocido.
¿Cómo estás? Muy bien, gracias. ¿Y esa rosa? ¿Esa rosa?