Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas
contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como
una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en
algún lado. Podrías susurrar de cara a un pozo. Podrías escribir una carta y
mantenerla guardada en la gaveta. Podrías escribir una maldición en una cinta
de plomo y enterrarla para que nadie la lea por mil años. No se trata de
encontrar un lector, se trata de contar. Piensa en una persona de pie, sola en
un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No
existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en
él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía,
y todo lo remata con un gesto
tan privado y preciso como su propio nombre.