viernes, 29 de mayo de 2020

NUBES, Wislawa Szymborska


Con la descripción de las nubes
debería darme mucha prisa,
en una milésima de segundo
dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.

Es propio de ellas
no repetirse nunca
en formas, matices, posturas y orden.

Sin la carga de ningún recuerdo
se elevan sin problemas sobre los hechos.

¡De qué van a ser testigos!,
en un segundo se disipan en todas direcciones.

En comparación con las nubes
la vida parece tener los pies sobre la tierra,
se diría que es inmutable y prácticamente eterna.

Frente a las nubes
hasta una piedra parece un hermano
en el que se puede confiar
y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.

Que exista la gente si quiere,
y después que se muera uno tras otro,
poco les importan a las nubes
esas cosas
tan curiosas.

Sobre toda Tu vida
y también la mía, aún incompleta,
desfilan pomposas igual que desfilaban.

No tienen la obligación de morir con nosotros.
No necesitan ser vistas para poder pasar.
(Trad. Abel A. Murcia Serrano)

martes, 26 de mayo de 2020

«La alegría de estar sola», Anna Swir



Me rodearé de silencio
y florecerán en mí voces.
Me cerraré
y habrá más lugar en mí.
Como los pechos libres de corpiño
se me airearán
mis ideas y las ajenas.
Naceré bajo mi propia mirada
estallaré en mí
como una ramificación.
Me alejaré de todo
y todo entrará en mí.
Veré la existencia y su relieve
y la sombra que arroja
ese relieve.
Veré cada verdad,
como recién lavada.
La soledad me dará a mí misma
y al mundo.

lunes, 25 de mayo de 2020

PESOS Y MEDIDAS, Francesc Cornadó



La cabeza de un individuo pesa,
más o menos, ocho quilos,
que es el peso aproximado de un buitre.

Todo aquel que tenga capacidad de pensar
debe soportar el lastre de su testa,
incluso los intelectuales existencialistas han de aguantarlo.

Los huesos de la cabeza protegen
el órgano más pesado del cuerpo humano, el cerebro,
que pesa igual que un ladrillo macizo.

El peso y las medidas de un cuerpo generoso
no son distintos a las de un criminal.
Los dos están cubiertos por una capa de piel que pesa once quilos.

La lengua, por afilada que esté,
mide tres veces menos que una cotorra.
Lengua y cotorra articulan voces aladas y canciones de despedida.

El amor no precisa la fuerza del motor de sangre
para mover el sol y las demás estrellas.
El esfuerzo sanguíneo y la práctica del amor hacen sudar.

Aún no se ha podido pesar el alma,
hay, sin embargo, quien asegura que pesa veintiún gramos,
tampoco sabemos dónde se aloja, si en la cabeza o en los pies.

No hemos podido medir la dimensión del odio,
sólo conocemos sus efectos y las calamidades
que produce, que a menudo se resuelven a navajazos.

Las teorías fisionómicas no han conseguido esclarecer
de qué manera los mapas del rostro expresan
el engaño inconmensurable de una mirada.

Conocemos la capacidad de la vesícula biliar,
pero no sabemos dónde se halla la bilis negra
que provoca tristeza y mal genio.

Todo es bastante desconocido,
el comportamiento de un virus y el peso del llanto.
Pero sabemos de la infinitud de la estupidez humana.

Debemos diseñar instrumentos de precisión
para continuar pesando y midiendo
y poder conocer la dimensión de los cuerpos y las cosas.

sábado, 23 de mayo de 2020

«A la ciudad de Pushkin», Anna Ajmatova



1
¿Qué puedo hacer? Ellos te destruyeron,
¡Qué encuentro más cruel que el separarse!
Aquí hubo un surtidor, allá alamedas,
más a lo lejos verdecía el parque…
La aurora más rosada que ella misma
fue aquél abril. Olor a húmeda tierra,
a primer beso…
2
Las hojas de este sauce en el siglo pasado se murieron,
para brillar cien veces más lozanas en la forma de un verso.
Las rosas se trocaron en purpúreas rosaledas silvestres,
pero los himnos de la escuela siguen brotando sin desánimo.
¡Medio siglo pasó! Fui premiada por la divina suerte
y en los días violentos olvidé el fluir de los años.
¡Ya no voy por allí! Pero a la orilla del río de la muerte,
yo llevaré mis trémulos jardines de Tsárskoie Seló.
(Traducción de de Rafael Alberti)