sábado, 31 de octubre de 2020

Las cartas de los difuntos, WISLAWA SZYMBORSKA



 

 

 

 

 

Leemos las cartas de los difuntos como impotentes dioses,
pero dioses a fin de cuentas porque conocemos las fechas
posteriores.
Sabemos qué dinero no ha sido devuelto.
Con quién se casaron rápidamente las viudas.
Pobres difuntos, inocentes difuntos,
engañados, falibles, ineptamente precavidos.
Vemos los gestos y las señas que hacen a sus espaldas.
Cazamos con el oído el rumor de los testamentos rotos.
Están sentados frente a nosotros, ridículos, como en panecillos
con mantequilla,
o se echan a correr tras los sombreros que vuelan de sus cabezas.
Su mal gusto, Napoleón, el vapor y la electricidad,
sus mortales curas para enfermedades curables,
el insensato Apocalipsis según San Juan,
el falso paraíso en la tierra según Juan Jacobo…
Observamos en silencio sus peones en el tablero,
sólo que tres casillas más allá.
Todo lo previsto por ellos salió de una manera totalmente
diferente,
o un poco diferente, es decir, también totalmente diferente.
Los más diligentes nos miran ingenuamente a los ojos,
porque hacían cuenta de que encontrarían en ellos la perfección.

(Traducción de Abel A. Murcia)

 

martes, 27 de octubre de 2020

Una vida, SILVIA PLATH



Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

 

lunes, 26 de octubre de 2020

Ángela Figuera.



 

 

 

 

 

 

 

El grito inútil

¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve

una mujer viviendo en puro grito?

¿Qué puede una mujer en la riada

donde naufragan tantos superhombres

y van desmoronándose las frentes

alzadas como diques orgullosos

cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla

rodando las provincias del pecado,

trepando por las dunas, resbalándome

por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,

con sólo esta canción, esta porfía

limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio

de Dios, desconectada de los hombres,

preñada ya tan sólo de mi muerte,

en una espera lánguida y difícil,

edificando, terca, mis poemas

con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego

en que era dable andar por los caminos

pastoreando ensueños como ovejas.

Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje,

al vuelo de aquel cisne por el lago

bajo la planta azul de aquella luna.

Volvedme a la andadura mesurada

al trópico dulcísimo y sedante

de un verso con timón y cortesía

donde cantar cómo los bucles de oro

son cómplices del pájaro y la rosa,

porque eso, al fin, a nada compromete

y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es vano, amigos, nos cortaron

la retirada hacia seguras bases.

Están rotos los puentes,

los caminos confusos,

los túneles cegados. No sabemos

de cierto si avanzamos o si huimos

dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas

un río de aguas turbias y crueles,

¿qué puede una mujer, para qué sirve

una mujer gritando entre los muertos?

 

domingo, 25 de octubre de 2020

Alfonsina Storni

Voy a dormir

 

 

 

 

 

 

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas: bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…


 

domingo, 18 de octubre de 2020

SIMCA 1200 AZUL CELESTE, OLGA NOVO



 

 

 

 

 

 

 

Mi genoma es una red de carreteras secundarias

que incomunican la montaña al valle. 

El día que yo nací no había grandes señales

helaba

y la hierba se dejaba rumiar en el estómago del frío. 

Todo dormía su ser tranquilo. 

Algún astro moría tres mil años antes

pero a ti ni siquiera te dolió el vientre

para dar una luz en movimiento

en aquel auto humilde del vecino

fugaz como una estrella a treinta kilómetros por hora

más hermoso

que la Victoria de Samotracia.

No te dolió nada

por la mañana

mientras tu mente hervía entre las habichuelas del caldo.

No te dolió nada

por la tarde

mientras pisabas rastrojos encima de un carro.

Ni al anochecer

no te dolió nada

tan solo sentiste que te apretaba el vientre una premonición

era un día como otro

era un día como otro. 

Pariste con la humildad de un acto de vanguardia

con todo el amor contenido en la revolución

del motor

y las ruedas del destino.

El oxígeno que me faltó al nacer

brilla entre las flores de patata

tan delicado como mi sangre nueva

y el tendido eléctrico de tus ojos

madre

a mí me habían contado

que nací al lado del molino de Ríos

en la curva del camino

bajo el puente del tren

al final del tiempo

pero no era cierto

a mí me habían dicho

que me ataron el cordón umbilical

con el cordón de un zapato enterrado en el barro

y que un alma coja me cogió en los brazos

mientras el volante giraba hacia el principio del amor.

Pero nada de eso fue cierto. 

Yo nací de ti

en un SIMCA 1200

de color azul celeste

en una noche de invierno

de la forma más sencilla

encima de una toalla pobre

casi sin hacerte daño

pequeña y silenciosa

como el brote de un peral

apenas sin ser notada. 

Mi mente vuelve a veces

a la contracción pura de aquel momento

me encojo en la memoria

y siento la rosa de la adrenalina

abrirse

acelerar el espasmo

prepararme el tímpano

bombearme sangre

salir como un sol de su placenta

y estar aquí

aquí contigo

lista

para vivir a imagen y semejanza

de mí misma.