La
más clara alegría
es
el cese de un gran sufrimiento.
Cuando
la campana de hierro se quita de la cabeza,
cuando
el clamoroso choque se apacigua en los
nervios,
cuando
el cuerpo se desliza libre
como
la carnada del anzuelo
y
el pútrido aire de la ciudad
empieza
a bullir en los pulmones.
La
luz resbala en miel sobre los ojos.
El
austero techo se vuelve merengue.
El
cuerpo se desenreda, se despliega
prodigiosamente
vacío como un lirio.
Respirar
es bailar.
Muda
y enteramente
como
la albahaca en la ventana
levanto la
nariz al sol.
