Ella se desnuda, siente la tibia
temperatura del alba en un
oscuro balanceo que provoca
una sombra confusa entrelazada
a otro cuerpo. Que el labio
sea reescrito en el otro labio,
que los días de ayer se detengan
en este encogimiento receptivo,
que su hermosa piel
permanezca entre mi carne y la sábana
que, enamorada, parece volar.
Que no se haga verdad
ningún pensamiento, que nadie
venga, que todo se acumule aquí y ahora,
que el espíritu comprenda
que la razón sea arrancada de cuajo
que los ángeles no vengan
que los ángeles vengan.
(de “El día anterior al momento de quererle”)