Se había encendido una tremenda luna. Mi perro me seguía,
blanco, a paso de fantasma. Las palomas silvestres venían a dormir
toda la noche. Yo las veía allí, ovaladas, acorazonadas, semejantes
a limones extraños, arrullantes.
El perro me siguió hasta el cuarto. La ventana era un hueco
en la enorme pared. La luna puso renegridos los árboles. Primero,
y, después los traspasó, los empapó. Los endulzó tanto, que los
deshizo. La arboleda quedó blanca y leve y voló lejos. Lejísimos
surgieron torres tornasoladas, iglesias de azúcar, de neblina. Se
oyó un ladrido.
El negro surgió de golpe, escultural, horriblemente hermoso.
Yo advertí su boca que algo tenía de un molusco lleno de purísimas
perlas. Él dijo que buscaba a mi padre y que era el nuevo pastor.
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