Cabecean los árboles,
inclinan sus poderosos verdes,
y sobre la ciudad
se extiende una cortina
de agua desamparada.
Ni un alma en el paseo
poblado por la tarde
de personas dispuestas
junto a los veladores.
El día finaliza
con la lluvia de domingo,
que parece acortar
nuestros festivos sueños
y descompone la decaída luz
de las últimas horas.
Aquí, en los interiores,
acompaña el silencio.
Los objetos parecen fatigados.

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