La
arrastro por las calles. La llevo en volandas
por las piedras redondas de la pequeña plaza.
Y la acerco al mar. Luego la dejo sola
para que sea ella la que llegue hasta el agua
a mojarse los pies y las sandalias.
La miro. Así, de espaldas,
el pelo blanco balanceándose en el aire,
la falda recogida y los pies tan de cera.
Parece la muchacha que tanto deseé aquella vez.
Primera vez que supe quererla para siempre.
(De "últimos poemas de amor")
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