Si yo tuviera que nombrar la infancia
la llamaría cien veces soledad:
faltaban compañeros de mi edad,
sobraba control y vigilancia.
Del campo abierto fui la prisionera;
anhelaba los humos, los asfaltos
y en una casa de tabiques altos
vivir a espaldas de la primavera.
Andaba rodeada de animales
y a la tarde, cuando el calor afloja,
dormitaba entre olivos y jarales.
Recuerdo libros con muy pocas hojas,
noches en blanco, aullidos de chacales,
pobres candiles, tenues llamas rojas.
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