Estamos condenados al desequilibrio
apoyados sobre una balanza
cargada de paradoja y belleza.
En los arrecifes se deshace la perfección del Dodecaneso
como una sábana de aguas.
Se deshace el rayo encendido del soneto,
también las irreales omegas
y los enigmas de las vocales, -todas-.
Somos herederos de los claros de luna
y de los acantilados
y restauramos la razón con el silencio,
con el fracaso de las paredes blancas
con las falsas perspectivas
y el engaño del amor perdido
con la muerte premeditada.
Así como el hombre se rebela
bajo las altas esferas de Dalmacia,
ficticios jardines donde nunca ha vivido ningún ángel,
así hemos pretendido asaltar
el palacio de invierno y derribar todo
con mazos de rabia y a golpes de cordura invertida.
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