“¿Quiénes
son?”
“Ángeles caídos que no eran bastante buenos para ser
salvados, ni bastante malos
para ser perdidos”, dice la gente del pueblo.
Llegan
a mi limpia hoja
de
papel y dejan una mancha Rorschach.
No
lo hacen por crueles,
lo
hacen para darme un signo—
quieren
forzarme, como dijo una vez Aubrey
Beardsley,
a
moverlo hasta que algo salga.
Aunque
soy torpe,
cumplo.
Pues
soy como ellos—
salvada
y perdida a la vez,
cayendo
como Humpty Dumpty
abajo
del alfabeto.
Cada
mañana los corro de mi cama
y
cuando se meten en la ensalada,
revolcándose
en ella como un perro,
los
entresaco uno por uno
así
como mi hija
entresaca
las anchoas.
En
mayo bailan sobre los junquillos,
gastando
los dedos de sus pies
riendo como peces.
En
noviembre,
mes
del pavor,
chupan
su niñez de las moras
y
las vuelven agrias e incomibles.
Sin
embargo son compañeros.
Distribuyen
su magia
de
Salvavidas Surtidas
y
hacen menearse la vida.
Me
acompañan al dentista
y
protegen del taladro.
Al
mismo tiempo,
van
conmigo a clases
y
mienten a mis alumnos.
Oh
ángel caído,
compañero
dentro de mí,
susurra
algo sagrado
antes
de que me pellizques
hasta
el sepulcro.

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